Los cuervos guardan rencor y lo enseñan
Los cuervos no olvidan una cara. Y si les haces algo, se lo cuentan a otros cuervos que ni siquiera estaban allí.
No es una leyenda de pueblo. Es uno de los experimentos de comportamiento animal más largos que se han hecho con aves salvajes, y empezó con una máscara de goma comprada en una tienda de disfraces.
En 2006, el biólogo John Marzluff capturó 7 cuervos en la Universidad de Washington para anillarlos. Lo hizo con una máscara de cavernícola puesta.
El equipo capturó a los cuervos en cuatro puntos del campus de Seattle, les puso anillas de colores en las patas, los manipuló unos 15 minutos y los soltó. La máscara servía para comprobar si reconocían la cara, y no a la persona que la llevaba.
Cada vez que alguien paseaba con esa máscara, los cuervos graznaban y lo acosaban en grupo. A quien llevaba otra máscara, neutral, lo ignoraban.
La prueba de control fue clave: una máscara de Dick Cheney, que no se había usado en las capturas, apenas provocaba reacción. Los cuervos no odiaban las máscaras. Odiaban esa cara concreta, la que asociaban con el peligro.
Con los años, más cuervos atacaban la máscara que al principio. Hasta cuervos a más de un kilómetro y crías nacidas después que nunca la habían visto.
Aquí está lo sorprendente. El número de cuervos que acosaban la máscara creció con los años. Los que nunca fueron capturados aprendieron de los que sí, y los jóvenes lo aprendieron de sus padres. El rencor se volvió cultural.
El rencor duró 17 años. En 2023, Marzluff volvió a pasear con la máscara y, por primera vez, ningún cuervo le graznó.
Durante años bastaba con pasear por el campus con la máscara para montar un escándalo. En septiembre de 2023 el silencio fue total. El recuerdo se había ido apagando generación tras generación de cuervos.









